Gisela Baranda

Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Central de Las Villas, Cuba, asesora literaria, correctora, redactora y editora, escritora y crítico de arte. ¿Soy esto? Creo que si una quiere decir quien es sin temor a equivocarse, no hay nada mejor que pedirles a los amigos que lo hagan por ti, así se equivocan ellos.

Isis Martín: Gisela siempre supo para lo que fue destinada: escribir y decir con esa inteligente transparencia que envuelve y acurruca a los que la hemos querido y leído. Gisela, sabe que vivir abarca un precio y por tanto ha conocido el dolor, el exilio, la distancia, la perdida y todo eso sale en lo que escribe. También el optimismo de esa ”niña viajera” que se ha enternecido con diferentes tonos de amaneceres y atardeceres por el mundo. Gisela está llena de cosas por decir, y nosotros sus amigos/seguidores desde hace muchos años esperamos -alerta -cada nueva palabra escrita. 

Rubén Aguiar: Gisela Baranda es escritora, editora y promotora de literatura y de arte en general. Su obra poética y su labor como escritora no han tenido la proyección que sí alcanzan sus otros dos amores. Estos, su labor como editora y divulgadora la han llevado a convertirse en una personalidad altamente querida y respetada en los medios artísticos y literarios, cubanos e iberoamericanos. Su modestia o una insuperable timidez escénica en lo referido a su obra le llevan a decir cosas como esta: ”Paso de poner con mis palabras quien soy yo, sobre todo porque los que realmente saben quién soy son los que me sufren”. 

Mabel Cuesta: Los archivos de la cultura cubana necesitan revisión. No es un secreto. Habrá un tiempo de reescrituras, un tiempo de justicias, un tiempo, en fin, de cuentas claras y chocolate a la española. Así lo pensamos los optimistas empedernidos, los ciegos de esperanza. Y en ese mañana de ser y saber y reponer, estará el nombre de Gisela Baranda. No lo dudo, nadie puede dudarlo. Sobran los motivos. Sobra la energía, luz y lugar que le dio con su gestión a la “pobreza irradiante” de las hoy conocidas como Ediciones Vigía. Y sobra, especialmente, la fuerza de su voz poética. Una voz que nunca ha gustado de los gestos de vedette, de la alharaca, de la performance sin sentido. Humilde en su rincón (sus treinta y cinco mil metros de fuerza y literatura), esta mujer de apariencia apática y ojos de coqueta, nos ha enseñado a ser auténticos, pacientes y felices. Me pido el capítulo Gisela Baranda en la hechura de ese archivo de justicias, de ese día de nombrar que está llegando.

Esperanza Sánchez Ruiz: Querida amiga, mi amiga entrañable, para describirte con pocas palabras, bastaría decir que eres el más lindo souvenir de mi adolescencia. Mi gran confidente, con tu madurez y sabios consejos me ayudaste a crecer como persona. Siempre fuiste honesta, sincera e íntegra. A pesar de haber pasado más de treinta años, mi cariño y admiración hacía el ser excepcional que eres han quedado intactos. No cambies nunca.

 

María Elena Blanco:

EL DESCUBRIMIENTO.

Como la América para Colón, antes que un lugar fue un deseo. Es decir, lo contrario. Una errancia. Una búsqueda. ¿De qué? No se sabía bien. Algo, un enlace, un arraigo, una imantación. Una imantación, sí. Ocurrió en Guadalajara, México. Un recinto demasiado grande, frío. Pero quemante de intereses y vanidades. Se dice que hasta intrigas se cuecen. Salvo en el cuadrilátero de una exigua mesita improvisada en el peor rincón, a un lado de la entrada, apenas atendible entre el trasiego y el ruido. Y una joven menuda de ojos verdes, sentada, como esas campesinas con los siete melones de su huerto al borde del camino, ofreciendo su mercadería.

Un producto no como los otros, sobre un rectángulo que no era cualquier mesa: una superficie irradiante como las ventanas de Ynaca Eco. Salían de allí unos hilos dorados que me enlazaban por el puño y me halaban desde lejos. Temiendo lo inevitable, mantuve en este punto una distancia, si curiosa, prudente. Entonces invadieron mi reducido círculo, saltando sobre cráneos pulidos o frondosos, un rosa viejo, un fucsia, unos índigos que se pegaban a mi pupila y teñían todo objeto contiguo. Raras partículas de cirio, papiro o henequén, polvo de estrellas, plumas se depositaron insensiblemente a mis pies trazándome la vía a seguir, nueva Gretl, en aquel trasnochado bosque.

LA CITA.

Sobre el cuadrilátero aquél brillaban los objetos que habían exhalado extrañas vibraciones, obrando la suerte de hechizo que por fin, tras dudosos quites y desvíos, me condujo hasta allí. Estaba un libro de traducciones del inglés de Eliseo Diego, que contenía la luctuosa elegía de Thomas Gray, uno de los poemas favoritos de mis melancólicos catorce o quince años, y el de Marlowe “A su esquiva amante”, que junto con el suave epicureísmo de Ronsard me titilaba a mis pícaros diecisiete. Estaba, de los inagotables Cintio Vitier y Fina García Marruz, un volumen que recogía poesía y ensayos dedicados a San Juan de la Cruz en su cuatricentenario. Había también un pergamino, especie de desplegable con una pequeña lazada de cáñamo para colgar en la pared, develando un poema de autora desconocida, de apellido Baranda. Y un volumen de un tal Zaldívar cuyo título, Con el cuidado del que pisa en falso, repercutía curiosamente en mí como un eco de algo vivido.

Y detrás, unos ojos. Envuelta ya en el ámbito inmediato de la mesa no supe decir de dónde provenían los efluvios más fuertes, si de esos libros con cera chorreando y pabilos marchitos, con irisaciones de espejos o de ángeles o, como reza la inmortal canción, de aquellos ojos verdes. Gisela Baranda. Ediciones Vigía.

(Fragmento de Viaje por la vitrina vienesa de Vigía y otros avatares de Zaldívar) María Elena Blanco

Esperanza Sánchez Ruiz
Querida amiga, me acabo de dar cuenta que la nota que te había hecho, y que pensé haberte enviado, no la envié nunca. Lo siento, finalmente y con bastante demora, aquí va.
Gisela, mi amiga entrañable, para describirte con pocas palabras, bastaría decir que eres el más lindo souvenir de mi adolescencia. Mi gran confidente, con tu madurez y sabios consejos me ayudaste a crecer como persona. Siempre fuiste honesta, sincera e íntegra. A pesar de haber pasado más de treinta años, mi cariño y admiración hacía el ser excepcional que eres han quedado intactos. No cambies nunca.
Recibe muchos besos de tu amiga de siempre,
Esperanza