La memoria

Se acerca la Navidad y esta inconstancia festiva a que hemos estado sometidos los cubanos (en Cuba se celebraba el 31 y nos hacíamos regalos esa noche, en España se reciben los regalos el 6 de enero, en Miami los regalos se reciben el 25) me hace sentir deseo de consentirlos a todos, así que decidí hablar de los recuerdos.
Hace unos días me estuvo rondando la cancioncilla de un anuncio de la televisión cubana sobre tráfico, decía:
Detener la marcha, siempre hay que parar,
detener la marcha ante el escolar.

Se encadenaron en el recuerdo las canciones que aprendí de niña, así que le propuse a un amigo que escribiera en su blog algo sobre la memoria, ahora, en vista del poco éxito de la sugerencia, de que va a ser Navidad y de que ya tengo blog propio, lo hago yo.

Dice el DRAE que la memoria es la facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado, en la filosofía escolástica es considerada una de las potencias del alma (sabios los escolásticos), pero en psicología la memoria es definida como la capacidad para almacenar, retener y recordar información, información… Los recuerdos son información, ¡vaya manera pragmática de llamarlos!

Como la memoria es la función cerebral que resulta de las conexiones sinápticas entre las neuronas, y los recuerdos se crean cuando las neuronas integradas en un circuito refuerzan la intensidad de las sinapsis; y si tenemos en cuenta que el cerebro contiene una media de 100.000 millones de neuronas y podemos tener 100 billones de interconexiones entre esas neuronas, estaríamos hablando de una estimación de entre 1 terabyte y 1.000 terabytes de capacidad de almacenaje en nuestra mente, ¿es interesante, verdad?

Hace poco leí en algún sitio que había una manera de hacer más fuertes los recuerdos y es asociar la actividad cognoscitiva a la relajación, cuando una persona está relajada y las neuronas relacionadas con la memoria en el cerebro se activan en sincronización con ciertas ondas cerebrales, es probable que se formen recuerdos más fuertes y duraderos.

Las alteraciones de la memoria son consideradas patologías, aunque en algunos casos estas alteraciones están presentes en personas síquicamente normales con preocupaciones profundas que acaparan su atención y recurren a modificaciones sustanciales, cualitativas, de la memoria para defenderse de recuerdos dañinos. Y entonces nos acercamos a otra categoría indisolublemente ligada a la memoria y su ejercicio: el olvido, el selectivo, el liberador.

Pero y si lo que deseamos realmente es olvidar, y si el olvido no es más que un mero recurso de supervivencia, ¿por qué recordamos con tanta exactitud algunas cosas y otras desaparecen de nuestros recuerdos como si no hubiesen existido?

No pretendo hacer un análisis exhaustivo de ello, solo quiero enumerar, recurriendo a mi memoria sensorial, sólida como una roca y precisa como un atacir como diría un buen marino, algunos recuerdos amables que me han dejado en los sentidos las personas y los sitios que he amado:


El olor mezclado de nueces y avellanas de la vitrina de mi abuelo en Navidad, cuando nos sentaba en la acera a las cinco chicas y partiendo con mesura nos repartía las anheladas semillas crudas y sabrosas, la textura chirriante y suave a la vez del dulce de leche que mi abuela hacía con paciencia, moviendo suave para no romper “las bolas” de la leche agria, el sol reflejándose en la melcocha que estiraba entre sus dedos y el aroma blando a limón que esparcía con cada tirón del caramelo rubio, el sabor de los frijoles con culantro, la hoja verde, larga y estriada flotando en su superficie y el chorro de limón que trocaba el color negro brillante de los frijoles en un tono gris espeso y suculento, la catarata silenciosa del pelo de mi mamá cuando se cepillaba por las mañanas y el timbre de su voz tarareando Penélope muy temprano, el goteo de la llave del fregadero, el sonido de la escoba sobre las losas y la sensación de las losas frías en mi mejilla, mientras esperaba acostada por las naranjas que me pelaba mi abuela, el sonido de su andar arrítmico, el olor de las guayabas inundando la cocina a punto de convertirse en casquitos, el sabor de la masa de los mamoncillos deshaciéndose en la boca y la semilla amarga crujiendo entre los dientes, el sonido de la risa estruendosa y satinada de mi hermana, el olor de la tinta del mimeógrafo, el aire de ciclón alebrestado y febril con olor a lluvia, batiendo las ramas de la ceiba del parque de la rueda, el sonido a mediodía del carromato que Sakiri arrastraba lentamente por la calle Medio, el olor de la playa de Matanzas por la tarde, salobre y recalentado, el sol quemando en la espalda bañada de sudor, el aroma del cocimiento de yerba luisa de la casa del te…

Se acerca Navidad, ¿qué recordamos, y por qué?



4 Comentarios

  1. Anonymous wrote:

    gracias, me lo he llevado a facebook, un abrazo, sonia

  2. Pepo Paz Saz wrote:

    Precioso este último párrafo, Gisela. La memoria tiene mucho más que ver con olores, sabores y tacto que con imágenes. Cuando el tiempo cuartea esas imágenes en nuestro recuerdo y las hace borrosas e imprecisas, es todo lo demás lo que nos confirma que sí, que alguna vez estuvimos ahí, bien vivos. Disfruta de la Navidad.

  3. Ruben A.M. wrote:

    Lindo, Gise…
    La memoria es un lujo porque es lo que somos. Otra cosa es que lo recordado sea realmente lo ocurrido. Yo recuerdo olores y sitios y amores que nunca fueron; recuerdo culpas y botines aun por consumar… ¿Puedo estar seguro entonces de quién realmente soy?
    Pienso que vivimos construyendo el pasado para tener adonde asirnos cuando damos cada paso en el presente. A ese presente queda supeditada la memoria y por ello es que “recordamos con tanta exactitud algunas cosas y otras desaparecen de nuestros recuerdos como si no hubiesen existido”. Porque recordamos sólo lo que necesitamos, lo que nos conviene.
    Y es por ello también que la memoria puede parecer inconstante y traicionera, escurridiza y majadera como esa novia definitiva de la adolescencia que hoy tiene la cara de todas las chicas del barrio y de la clase, de todas las primas y hasta de algunas amigas de mamá (léase también en masculino)… Y que probablemente nunca fue novia siquiera.
    El pasado real está siempre detrás de los cristales del tiempo, neblinoso tras esa suerte de catarata con que los años cubren nuestra memoria.
    Hace muchos años, escribiendo una canción descubrí sin embargo que, a diferencia de los recuerdos y de la memoria, el olvido es perfecto. Has de escribir acerca del olvido. Aunque eso sea escribir acerca de algo que se desconoce.
    Me ha encantado tu entrada y coincido con Pepo en lo bello de ese último párrafo casi común a todos.
    Feliz Navidad.

  4. Gisela Baranda wrote:

    Sonia: Me encantaron tus palabras en facebook, me divierte mucho oírte hablar de mi café, la espuma tan genial que tenía me la enseño a hacer Lázaro Horta, ponía el azúcar en una taza y le echaba las primeras gotas de la colada, retinta sobre blanco y luego mover, mover, mover, hasta que se fundían en un caramelo espumoso, desde entonces no puedo tomar café con leche sin ella.

    Pepo, bienvenido a mi blog, qué lujo! Gracias por detenerte y comentar, felices fiestas a ti también.

    Carísimo Rubén, la memoria de un ser normal dista mucho de la de un mitómano como tú, lo que no viviste lo creaste, pero eso también está vivido, o vívido en la memoria. Cuando pretendí regalarme y regalar recuerdos, es obvio que la elección tendía a lo placentero, si me apuras a contar, también recuerdo el dolor de las gotas de lluvia en la cara mientras corría gritando desesperada por las calles de una ciudad que, dormida y oscura, me ignoraba, recuerdo los latidos del corazón que retumbaban en mi pecho con el miedo por la suerte de alguien querido, recuerdo el olor húmedo, mezcla de herrumbre, orín, cadáveres varios de ratas y otras especies, y restos de basura, de la entrada de mi casa de Manzano, recuerdo el escozor en los ojos y la alergia del humo de los mecheros de petróleo de cada noche de mi infancia, el color de los nubarrones cuando se acercaba un ciclón, el sabor indescriptible del picadillo de soja, la sensación de los gusanos nadando en mis chícharos en la "Capitán"…
    Me precio de guardarlos todos con avaricia, porque soy de ellos, malos y buenos. Por eso me espanta el olvido, no el selectivo, sino el invasor, el cuatrero.
    No olvides voluntariamente, ya se ocupará el tiempo de expropiarte.
    Felices fiestas, querido.

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